O quizás no

Mi cuerpo seguía con vida.

Eran pocos los segundos que mis pies llevaban separados del piso. Aún con vida, me salgo de mi y giro bruscamente la cabeza hacia la puerta, son tus pasos los que se acercan, estoy seguro.

Recuerdo que hace un par de días me acompañaste a la tienda de herramientas, reímos por los pasillos mientras elegía la soga que en este momento abraza mi cuello. Evidentemente no sabías el verdadero uso que le iba a dar. Aquella tarde, terminamos sentados en una de las viejas bancas de parque. Cliché. Discutimos sobre el poder de la mente, los sueños, la vida y la trascendencia. El alma.

Sin duda eres tú la que se acerca. Sin tener mis sentidos al máximo, puedo percibir al aroma del perfume que usas, es el mismo que te regale la pasada navidad, hace un año ya. Aquella ocasión llegué con tu regalo y lo escondí entre dos asientos, pedí tu llegada y en medio de un proceso algo misterioso, te hice entrega y regresaste a tu lugar. Nadie tenía que saberlo. Aunque nadie ignoraba lo que a voces se sabía.

Ahora que lo recuerdo, aquellos asientos tenían la misma altura que el banquillo que mis pies habían arrojado lejos de mí hace un par de minutos. Me distraigo de tu llegada.

Mi cuerpo empieza a forcejear en la búsqueda nata de aferrarse a la vida. Mis manos buscan la soga, una para zafarla y otra para espantar a la contraria. Llamas a la puerta.

Hace tanto tiempo que he esperado vengas a mí y cuando por fin lo haces, sin previo aviso y en el momento menos indicado. Giro nuevamente hacia la puerta tras la segunda serie de golpes y una pregunta se hace presente.

¿Me ayudarías a morir?

Alguna vez lo discutimos. Cuando ya no se quiere, ¿Para qué seguir? Pero la ciencia sabe bien que una cosa es la teoría y otra la práctica. Comienzo a sentir miedo, aquel miedo que no llegó al ajustar el nudo, que no me visitó al verme en el espejo de enfrente, que jamás sentí al estar a tu lado. Pero tengo miedo.

Miedo de que entres y me veas ahí colgado, que confundas el instinto con las ganas de vivir, de que quizás te acerques e intentes salvarme. O quizás no. Quizás me veas ahí, morir con indiferencia. Quizás mi sufrir, aunque voluntario, no logre conmoverte en lo mínimo. A lo mejor sólo quedes ensimismada ante lo que pasa disfrutando del placer que la escena te provoca y una vez consumido el acto, abraces mis pies, des un pequeño beso en una pierna, me sueltes y regreses por aquel umbral por donde llegaste a mi vida. A mi muerte.

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