Fría primavera

Y era así como cada tarde, justo antes del anochecer, cuando los niños volvían a casa después de jugar con el balón en las calles, cuando las aves regresaban a su nido tras la larga jornada y el atardecer comenzaba a iluminar de un anaranjado melancólico, me sentaba en la orilla de la cama a contemplarte. Te veía y disfrutaba de admirar de tu belleza, de tu cabello, tus orejas, tu sonrisa y el contorno de tu cuerpo. Tú me mirabas fijamente, en silencio, y con una mirada penetrante que develaba todos mis secretos, todos mis temores y toda mi alegría, esa alegría que bien sabías era por ti.

Eras dueña de mí. Y no de ahora sino de siempre. No sabía bien si desde que cruzamos miradas en el parque, desde que me sonreíste por primera vez, desde aquel beso lejano o quizás desde otra vida. Y es que siempre que te veía descubría más de ese hechizo de simetría que la vida nos parecía brindar y al mismo tiempo, descubría también de alguien totalmente diferente, a una persona nueva, a alguien real. Y ahora, viéndote entre el marco de la puerta, resumiendo todo lo que conocía y preguntándome todo lo que no y que muero por conocer, un suspiro sale de mi interior y susurra tu nombre.

Te veo tan cerca de mí que quisiera levantarme y correr hacia ti, tumbarte de un abrazo en el sofá y cayendo darte los besos que hace tiempo nos debemos y no parar hasta que arda la piel, hasta que el sol nos alcance o la alarma suene para posponerla cinco minutos más. Pero no puedo hacerlo, tú silueta se delinea tan perfectamente a contra luz en pleno atardecer que sería pecado o sentencia de muerte interrumpir la enorme pintura de ti que se traza sobre el lienzo de mis ojos perpetuando este momento por la eternidad. Guardó la imagen y la archivo junto con el resto de recuerdos que tengo de ti.

Mi cuerpo se estremece y un escalofrío sube hasta mi rostro dejando mi ser helado, y tus manos no están aquí para aliviar este frio. Sucede lo siguiente. Debo de mantener cerrados los ojos para combatir la helada que trae tu ausencia, imaginándote al final del pasillo que se ve desde la orilla de mi cama a través del marco de la puerta. No me puedo permitir titubear y darme cuenta que no estás. Debo sentirte cerca al imaginarte, escena en la cual, me miras, dices mi nombre desde donde estas sonriendo, quizás también, suspirando, y es que, si no lo hago, podría entonces con este frío, escarcharse mi corazón.

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